El mendigo
Dormía siempre bajo el reloj de la estación, como si esperara una hora que nadie más conocía.
Cada mañana extendía la mano, pero no pedía monedas. Pedía miradas.
La gente pasaba deprisa, dejando caer céntimos para no dejar caer la conciencia. Él los recogía despacio, uno a uno, como si fueran pruebas de que aún pertenecía al mundo.
Una noche murió de frío.
Al día siguiente, el reloj de la estación se detuvo.
Y por primera vez, todos miraron hacia donde él había estado.