El vecino
Nunca supimos su nombre.
Vivía al otro lado de la pared, en ese lugar exacto donde terminaba nuestra intimidad y empezaba la suya. Oíamos sus pasos lentos por la noche, la taza sobre la mesa, una tos seca, siempre contenida, como si pidiera perdón por existir demasiado cerca.
Durante años fue solo eso: un ruido discreto detrás del tabique.
Un día dejaron de oírse sus pasos.
Nadie llamó a su puerta hasta que el olor empezó a atravesar las paredes.
Entonces todos recordamos que había estado allí.