El intrépido
Nadie sabía cuándo empezó a llamarse así. No había hazañas registradas, ni relatos de guerras ganadas, ni mapas con rutas imposibles trazadas por su mano. Solo caminaba.
Pero caminaba donde los demás se detenían.
No por valentía, sino por incomodidad. Había algo en los límites —en el borde de lo que se entiende, de lo que se acepta— que le resultaba insoportable. Mientras otros encontraban refugio en certezas, él sentía asfixia.
Un día alguien le preguntó:
—¿Qué buscas?
Se quedó en silencio. No porque no supiera la respuesta, sino porque cada vez que la formulaba, dejaba de ser cierta.
Siguió caminando.
Con el tiempo, descubrió que lo intrépido no era avanzar sin miedo, sino no poder quedarse donde el miedo ya había construido hogar.
Y entonces comprendió algo que no dijo a nadie:
Que no era él quien se adentraba en lo desconocido,
sino lo desconocido lo que lo expulsaba de todo lo demás.