La celda interior
La puerta se abrió al amanecer, pero nadie salió.
Los guardias esperaron unos segundos, luego miraron dentro: el catre vacío, la manta doblada, la taza intacta. Solo había un hombre sentado en el suelo, en el rincón más oscuro, abrazándose las rodillas como si el mundo entero todavía tuviera barrotes.
—Eres libre —dijo uno.
El preso levantó la cabeza, pero no respondió.
Había pasado tantos años contando pasos entre cuatro paredes que el horizonte le parecía una amenaza. Afuera no oía cadenas, y precisamente por eso sintió miedo. Dentro, al menos, sabía dónde terminaba el dolor.
Los guardias insistieron. Él se puso en pie, avanzó hasta la puerta y contempló el pasillo abierto, la luz, el aire sin techo.
Luego dio un paso atrás.
Comprendió entonces que la prisión más difícil de abandonar no era aquella de piedra, sino la que, con paciencia y años, había aprendido a llevar por dentro.