El umbral del deseo
El deseo llegó sin hacer ruido.
No fue un golpe ni una urgencia, sino una pequeña grieta en la rutina: la forma en que una mirada se detuvo un segundo más de lo necesario, el leve temblor de una palabra que nadie más notó.
Desde entonces, todo empezó a orbitar en silencio.
El café sabía distinto.
Las horas se alargaban sin motivo.
Y en mitad de la noche, cuando la casa dormía, el deseo respiraba despacio, como si estuviera aprendiendo a existir dentro de él.
Nunca ocurrió nada.
Pero durante semanas, el mundo entero pareció a punto de suceder.