La pereza
La pereza no llegó de golpe.
Primero fue una silla demasiado cómoda.
Luego una tarde que prometía ser breve,
y que terminó durmiendo sobre sí misma.
Los días empezaron a deslizarse sin ruido,
como hojas que nadie recoge.
La pereza no hacía nada,
pero tampoco dejaba hacer.
Era una niebla suave:
no empujaba hacia atrás,
solo borraba el camino hacia adelante.
Y cuando quiso levantarse,
descubrió algo extraño:
el mundo seguía moviéndose,
pero él ya no sabía
en qué dirección.