La sentencia
El juez era conocido por su severidad. Jamás había perdonado una falta.
Una mañana compareció ante él un joven que había robado pan para alimentar a su hermana.
El juez escuchó su historia y dictó sentencia:
—Culpable.
Después pagó de su bolsillo la multa y le ofreció trabajo.
Cuando le preguntaron por qué había cambiado, respondió:
—No he cambiado. La justicia debe reconocer la culpa. La benevolencia, reconocer al ser humano.