El espacio que le dimos
La agresividad no entró gritando.
Se sentó primero en la esquina de la mesa, como una opinión firme.
Luego pasó a ser un gesto brusco, una palabra dicha sin pausa.
Nadie la invitó, pero todos le dejaron sitio.
Cuando por fin alguien golpeó la mesa, ya no estaba claro quién había empezado.
La agresividad sonrió en silencio.
Nunca necesita fuerza para crecer.
Solo espacio.