El vendedor

Vendía certezas en un mundo agotado de dudas.

No eran grandes verdades, ni teorías complejas. Eran frases simples, limpias, redondas. Cabían en una conversación breve y dejaban una sensación extraña: alivio inmediato, pensamiento suspendido.

Tenía clientes fieles. Volvían cada semana a por otra certeza nueva, como quien necesita reemplazar una grieta antes de que se note demasiado.

—¿Funcionan? —le preguntaron una vez.

Sonrió.

—Lo suficiente como para no seguir buscando.

Un día, sin embargo, alguien le pidió algo distinto:

—No quiero una respuesta. Quiero una pregunta que no pueda cerrar.

El vendedor dudó. Por primera vez, no tenía producto.

Buscó en su catálogo, en sus fórmulas, en sus frases perfectas… y no encontró nada que no estuviera diseñado para terminar.

Esa noche no vendió.

Y por primera vez, tampoco durmió.

Al amanecer, escribió algo en un papel y lo colocó en el escaparate:

“Si no puedes soportar no saber, no entres.”

Desde entonces, vende menos.

Pero lo poco que vende, no se acaba nunca.