El salto que desobedeció al miedo
Se asomó al borde sin saber si abajo había suelo… o sentido.
Durante años le enseñaron a medir, calcular, prever. A no dar un paso sin garantías. A vivir dentro de un mapa dibujado por otros.
Pero aquel día, por primera vez, entendió algo incómodo:
que la seguridad no era un lugar, sino una repetición.
Y saltó.
No porque confiara en caer bien,
sino porque sospechaba que quedarse era una forma lenta de desaparecer.
Mientras descendía —o ascendía, nunca llegó a saberlo—
descubrió que la osadía no era desafiar al mundo…
sino atreverse a no obedecer el miedo que lo sostenía.